jueves, 4 de abril de 2024

La distopía de la Nacional

 Nota: recomiendo leer este diario de campo con el siguiente enlace para ambientar la experiencia: https://youtu.be/BUF6HAwyctg?si=uGjY52TM8L5ajK2s

Iniciamos nuestro viaje a la Universidad Nacional el pasado jueves 21 de marzo, yo con mi amigo Juan Felipe, a quien le digo siempre Juancho, y Juan Sebastián, un compañero que también forma parte de nuestro equipo de la clase de cultura audiovisual. La verdad, no tenía planeado hacer una odisea por la Nacional, y mucho menos como me lo vendía Juancho, como un bazar nocturno donde hay muchísima actividad, se reúnen tribus urbanas y de seguro habría mucho alcohol y drogas de por medio. Me imaginaba la ida a horas muy tardes de la noche, como por ahí de 10pm en adelante, y pensé “no, qué peligro ir hasta allá a Bogotá a esa hora, de seguro nos atracan”, pero en cuanto me dijeron que sería de 5:30pm hasta las 7 de la noche, me tranquilicé mucho más y ya que todas nuestras opciones previas (mezquitas y seminarios) habían sido totalmente descartadas, me opté por aceptar la ida a la Nacional, por lo que tuve que ausentarme una clase entera para ir a Bogotá.

Por suerte, Juan Sebastián había reservado una ruta privada para nosotros, por lo que fuimos recogidos en el sótano de Adportas y tomamos rumbo a la capital. Primero hicimos una parada en la casa de Sebastián para que él recogiera su cámara, y de paso tuvimos una conversación con su padre, todo fue bastante amistoso y ellos muy cordiales en prestarnos un secador para secar más rápido mi sudadera, la cual se había mojado por el aguacero. Tenía miedo de que la lluvia arruinara por completo nuestra ida a la Nacional, pero afortunadamente dejó de llover mientras estábamos en la casa, por lo que cuando estuvimos todos listos, ahora sí partimos a la universidad.

Fue otro camino largo, pero era de esperar de Bogotá a esa hora, y en cuanto llegamos a la entrada donde se encontraba la estación del Transmilenio, nos bajamos y comenzamos nuestro viaje. Lo primero que debo comentar es sobre la nula seguridad que hay en aquella entrada de la universidad. Creí que al menos los celadores nos pedirían la cédula para identificarnos, pero ni siquiera eso, la puerta estaba abierta, entraba y salía gente como si estuvieran en su casa, y nosotros entramos como si fuéramos estudiantes. Los celadores estaban a cada lado de las puertas, charlando entre ellos, no les importaba que estudiantes que no fueran de la Nacional hayan entrado así como así, pero yo simplemente me limité a observarlos unos segundos de reojo y seguimos hacia delante. Se me hace interesante comparándolo con nuestra universidad, la cual tiene normas muy regidas para la entrada y salida, con los códigos QR de la aplicación, las talanqueras, y sobre que los invitados necesitan un código especial para entrar si no van en algún automóvil, y en cambio en la Nacional...cualquiera entra y sale sin repercusión alguna.

Continuando con la caminata por el sendero principal que llevaba a una de las plazas más grandes de la universidad, nos encontramos con diversas carpas de negocios de los estudiantes. El primero que vi era de uno de manualidades hechas de crochet, me llamó la atención uno muy bonito de un Totoro; luego vimos otro stand de plantas, cactus y suculentas, y más tarde vimos uno más de comida de paquetes y cosas más pequeñas, y esta no sería la primera vez que vería una tienda de estas en toda la universidad. Desde el primer momento, nos encontramos con gente de atuendos y peinados extravagantes, como uno con un poncho morado y un sombrero de paja, y otra mujer de pelo tinturado de naranja peinado de tal estilo para que dos cuernitos le sobresaliesen de la cabeza. Y además, vi una mujer yendo en dirección contraria cargando a su bebé en brazos. La verdad era la primera vez que había visto algo así, una chica que seguro entraba a clases con la bebé en su pecho, y solo pensé en lo difícil que debe de ser el estudio combinada con la maternidad para mujeres como ella. Continuamos nuestro camino hasta llegar finalmente a la plaza del Ché Guevara.

Figura 1. Plaza del Ché

Parecía ser tan grande como la plaza de un pequeño pueblo y me sorprendí bastante al ver demasiadas cosas al mismo tiempo. En primera instancia, la pintura del Ché en el puro blanco rodeado de manchas de pintura roja. El origen de esa pintura en la plaza más grande del campus, según un artículo adicional que leí para entrar mejor en contexto, escrito por Sebastián Serrano (2016), se dice que la aparición de aquel grafiti en la universidad es todo un misterio, pero que más o menos se pudo relacionar con la protesta de 1976 de la Nacional, protagonizada por los estudiantes, quienes decapitaron la estatua de Santander y pintaron la imagen del Ché en el León de Greiff. Según eso y lo que entendí de una breve explicación de Sebastián, mi compañero, es que el Ché en la Nacional simboliza la revolución y libertad, tal como ocurrió en la revolución cubana hace ya varias décadas.

Puesto que hace unas horas cayó un gran diluvio, había pocas carpas en la plaza, mayormente de comida casera, y nos acercamos a una que vendía empanadas y arepas rellenas. Yo no tenía apetito de nada de ahí, pero de todos modos Juancho compró una arepa y me ofreció varios bocados a lo largo del camino. Después de esa pequeña compra, comenzamos el recorrido. Nos dirigimos primero al norte hacia la facultad de artes, el cual era un edificio al parecer de los antiguos, de color blanco, y me atrevería a decir que es el edificio más grafitado de lo que vi del campus. Lleno de dibujos, pero sobre todo de mensajes, dejaba en claro el espíritu de los estudiantes en expresarse a como daba lugar, cada mensaje de diferente color. Algunos ejemplos de lo que había escrito era “sin mujeres no hay arte” o la palabra “democracia” tapada por un dibujo de un gato. A la entrada había un grupo de estudiantes, conversando y conviviendo entre ellos, por lo que continuamos mucho más allá.

Figura 2. Facultad de Artes

Después de pasar el edificio principal de la facultad de artes, seguimos caminando para ver aún más edificaciones, y hubo un detalle que realmente me llamó la atención y es el fuerte contraste entre los murales que encontrábamos en las paredes, y el edificio contrario estaba lleno de grafitis. Podría ser la gran diferencia entre las expresividades de los estudiantes, y el mural de los indígenas me da la impresión de que fue hecho por un encargo, mientras que los de los grafitis tuvieron la libertad total para hacerlo como quisieran, como si fuera una clase de burla al orden que se intenta manifestar en la universidad.

Figura 3. Mural indígena

Figura 4. Pared llena de grafitis

Tras seguir la misma pared del edificio del mural de los indígenas, aparecieron poco después más grafitis y especialmente posters y mensajes sobre las votaciones de la universidad. Hubo uno en específico que dictaba “En la nacho, no hay democracia”. Al principio no entendí muy bien a qué se refería, si acaso la Nacional tenía problemas en ese ambiente, ya que de por sí no estoy enterada del porqué siempre protestaban ahí dentro, pero después de lo que pasó mucho más tarde, recuerden el mensaje de ese póster, porque tendrá vital importancia dentro de lo que sucederá. Luego de pasar a una zona más abierta, y estábamos al pie del edificio del Departamento de Química, antes de entrar me llamó la atención que vi otra de las muchas carpas, las cuales normalmente exponían cosas para poner a la venta, pero esta vez la carpa estaba vacía, y sobre la mesa yacían un par de estudiantes dentro de un grupo más grande, conversando y riendo entre ellos, y una de las muchachas rubias que vi, tomaba una larga botella de alcohol, no sabía si se trataba de vino, whiskey, ron, vodka, o algo más, pero la botella era de color naranja, y dentro del contexto del que vi,  seguramente se trataba de alcohol. El punto es que ella estaba tomando con una energía, como si estuviese bebiendo una botella de agua, y el que jamás en mi vida en la Sabana he visto a alguien tomando en esas cantidades y con tanta normalidad.

Juancho nos llevó adentro del Departamento de Química, y por hacer el chiste nos dijo que se trataba de Chernóbil, por lo antiguo que lucía y realmente al entrar, con las paredes blancas, el suelo gris y las iluminaciones frías, no solo lo llamaban así por la apariencia, sino también porque llegaba a transmitir una vibra muy parecida a un lugar como Chernóbil. Recorrimos en silencio el pasillo que atravesaba todos los laboratorios y salones de clase del primer piso, y de paso vi a la izquierda la zona de ping pong, la cual para mi sorpresa tenía solamente una mesa, ya que, según lo que me contó Juancho, las otras dos las habían destruido los estudiantes. Recorrer el pasillo me dio una sensación de estar dentro de una película de terror, ya que aparte de tener solo las luces de arriba, era increíblemente largo, demasiado diría yo. Sin bifurcaciones como Adportas, sin escaleras, solo tocaba ir para delante mientras pasábamos los salones. Sabía que nada malo iba a pasarnos, pero no me sentí del todo bien ahí, por lo que apreté el paso para alcanzar a Juancho y salimos del edificio por la salida de la izquierda. Al volver al exterior, nos topamos por casualidad con un grupo de muchachos que, con música reproduciendo en bafles, estaban pintando una de las paredes del edificio. Puesto que no queríamos causar problemas con tomarles una foto directamente, la siguiente foto, la cual se tomó para enfocar los logos del Departamento, se puede ver ligeramente a uno de los muchachos que grafiteaban la pared contraria.

Figura 5. Logos del departamento de Química

Seguimos caminando hasta encontrarnos con un edificio de los nuevos que construyeron en los últimos años, el de ciencia y tecnología, el cual estaba “decorado” de manchas de pintura verde, por lo que inmediatamente deduje que se trataba de alguna manifestación pasada de grupos feministas de la universidad. En el patio de aquel edificio había actividad de unos muchachos jugando al basquetbol, y en el primer piso encontré más estudiantes igualmente sentados en el piso pasando el rato o descansando. Era una escena bastante tranquila, hasta que Juancho vino con la noticia que, desde el último piso, alguien se había tirado. Por desgracia no había muerto, y por eso no pude imaginarme el indescriptible dolor que debió haber sentido ese chico al caer como una plasta al suelo solo por haber querido suicidarse. Esa historia me dio un mal sabor de boca y continuamos por el camino.

Figura 6. Edificio de Ciencia y Tecnología

Las calles de la Nacional parecían como si fueran de la misma Bogotá, se extendían al norte, oriente y occidente hasta perderlas de vista, y me sorprendí cuando nos topamos con el criadero de bovinos del campus. Juancho nos contó que era para los estudiantes de veterinaria, pero de todos modos jamás me había esperado que una universidad fuese tan grande, y además que pudiera retener ahí un ganado entero de vacas pastando tranquilamente como si estuvieran en un campo cualquiera. Poco después del ganado, yacía el colegio de la Nacional. ¡Quién lo diría! Una universidad y un colegio en el mismo campus, realmente para mí era de no creerse lo monstruosamente grande que era ese lugar y los miles de administraciones que tenía como para dirigir la educación superior y la básica primaria al mismo tiempo. Mientras caminábamos cada vez más, me puse a creer que nuestro campus de la Sabana podría ser fácilmente un cuarto de lo que era la Nacional, y noté un fuerte contraste entre los edificios viejos con los nuevos, uno a cada lado de la calle, como si estuviesen separados por algo más que un espacio.

La arquitectura de los nuevos edificios era única, yendo principalmente de forma vertical, pero innovando con nuevas figuras de composición, como cilindros y formas asimétricas, incluso al ver un edifico así en la lejanía, por unos segundos creí que estaba a punto de desplomarse. No pude evitar ver esta diferencia entre el edificio nuevo de enfermería con el de veterinaria si mal no recuerdo. Éste en vez de ir verticalmente, se extendía horizontalmente y era muy ancho, fácilmente cubría entero una manzana, y además pudimos ver cómo en ese preciso momento estaban desparasitando a una cabra gris. Siguiendo por el camino, nos encontramos con varios grupos de estudiantes con atuendos y peinados realmente “extravagantes”, tinturados de múltiples colores, como lo fueron el rosado y el verde, y vestían atuendos que me recordó mucho al estilo punk, pero a diferencia de nosotros, ellos iban en sentido contrario. Nuestro plan original era ver la facultad de Derecho, pero un infortunio nos llegó de repente.

No pudimos seguir avanzando ya que la calle estaba cerrada con cintas amarillas, y un par de policías vigilaban la zona para que ninguno pasase. Nos acercamos hasta un cruce, poco antes de llegar a las cintas, y logré notar más al fondo cómo había mucha más gente y policías enfrentados, aparte vi una nube enorme de humo blanco alzándose en el aire, e inmediatamente pensé que se trataban de bombas de gas, por lo que con Juancho y Sebastián doblamos a la izquierda. Juancho nos avisó tener mucho cuidado en esta plaza, ya que desde ese lugar las cosas estarían un poco más pesadas de lo normal y que, según él, ahí hacían quemas de marihuana. Uno de los edificios que rodeaban esa pequeña plaza estaba llena, pero llena de gente a más no poder, a tal punto que no solo se sentaban en el piso, sino también en las escaleras de cemento y barandillas. La zona verde también estaba rebosante de actividad: un grupo de chicos ponía música a todo volumen mientras hacían maromas sobre una cuerda atada a dos árboles, había una carpa en medio del parque con gente adentro, una estatua cubierta de grafitis hasta perder casi por completo su color, y mucho más en el fondo, había un enorme grupo de chicos pasándola bien y encendiendo una fogata. No sabría decir si quemaban leña o la actual hierba, pero debo comentar que, desde ese tramo, el fuerte olor a marihuana inundó mis fosas nasales. Ya había olido esta droga antes, en varios lugares que visité en mis vacaciones de años pasados, pero esta vez lo sentí como nunca.

Figura 7. Parque 

Figura 8. Otro lado del parque

Después de pasar aquel parque y ver la fogata, nos vimos interrumpidos de repente por explosiones de bombas de gas que estallaban a metros de nosotros. Nos volteamos hacia la derecha y vimos que, a lo lejos de un camino entre los árboles, se encontraba una creciente horda de estudiantes que creaban una barricada humana frente a los policías. Los muchachos gritaban enfurecidos y agitaban banderas. Obviamente se trataba de una protesta, una muy fuerte. En ese entonces no sabía por qué protestaban, pero más tarde me enteraría de la razón. Mi espíritu curioso quería acercarse más, pero sabía que no era seguro estar cerca de la protesta, por lo que me mantuve a una prudente distancia junto a Juancho y Sebastián. Notaba como cada vez más muchachos se unían a la manifestación, y delante de la multitud, ¡bum! Más bombas estallaron junto a nubes de gas blanco e incluso alcancé a ver cómo una llama de fuego se alzó como un demonio, y me impresioné. No llegué a sentirme asustada en ningún momento, pero me dejó muy sorprendida toda la protesta, pero poco después de tomar un par de fotos, Juancho nos sacó de ahí y seguimos por un estrecho paso. (Para ese entonces ya estaba empezando a oscurecer).

Figura 9. Inicio de las protestas

En ese paso había mucha actividad también, desde personas con el pelo larguísimo a punta de rastas jalando carritos de madera, a otros muchos más que corrían su negocio de chucherías y comida empaquetada, tal como habíamos visto ya muchas veces en el día. Pero lo que me llamó la atención esta vez era que detrás de un negocio de paquetes de papitas y dulces, en unas mesas debajo del edificio yacían dos grupos de muchachos, con apariencia como si fueran pandilleros nocturnos, de esos que me robarían si estuviese sola, jugando ajedrez. Ajedrez...Qué curiosa combinación y qué buen contraste. Siempre hemos tenido grabada la imagen en la cabeza que la gente que jugaba a ese juego era gente que vestía elegante, gente refinada, gente con apariencia “inteligente”, y aun así, ahí estaban dos grupos de chicos con la ropa más callejera y casual que pude haber visto, jugando entre ellos ajedrez con toda la seriedad del mundo. En los dos grupos, los dos jugadores tenían la vista clavada en el tablero y los demás se limitaban a observar expectantes. Más que ponerle atención a Juancho sobre qué estaba comprando en la tienda, me enfoqué en las dos partidas simultáneas que ambos equipos llevaban a cabo.

Me vi la mayor parte del tiempo del recorrido en una constante comparación de mundos, entre la Nacional y la Sabana. No solamente porque una es pública y la otra privada, sino por la enorme diferencia de ambientes, normas sociales, las actividades, el espacio, y cómo es el día a día en cada campus. Por ejemplo, aparte de los grafitis, las carpas de negocios y el evidente alcohol sin regulación, noté cómo en ninguna parte del campus que recorrí había sillas ni mesas para sentarse en los espacios abiertos. En la plaza del Ché, afuera de los edificios, en las escaleras de cada facultad, había hordas y hordas de estudiantes sentados en el suelo ya que el espacio carecía de silla alguna. Y ni siquiera en el pasto nadie se sentaba, a diferencia de la Sabana, que hay varios estudiantes que se sientan y acuestan en el pasto, en la Nacional hacían uso de las escaleras o de una vez en el suelo, lo que me resultó bastante chocante. Más que una de las mejores universidades de Colombia, posicionada en el puesto 7 del ranking de 2024 en El Tiempo, me daba la impresión de estar caminando en una ciudad dentro de la ciudad de Bogotá. No sentí la Nacional como una universidad, se sintió extraño todo el tiempo...pero sé que la gente que entra aquí es extremadamente inteligente, ya que el examen de admisión de la Nacional es increíblemente difícil y muy pocos llegan a ser admitidos, por lo que, viendo esas personas que parecen pandilleros de calle nocturnos jugando muy seriamente ajedrez, me hizo reflexionar y caer en las enseñanzas de no sesgar a las personas por cómo lucen, ya que puedes terminar llevándote una gran sorpresa.

Cuando salimos de ese paso lleno de negocios, me sorprendí al verme de nuevo en la plaza del Ché. Habíamos dado una vuelta entera y regresado al mismo punto de partida. Juancho entonces nos quiso mostrar una estatua del personaje del EVA 1 del anime Neon Genesis Evangelion, que estaba en un edificio de artes que quedaba un poco más lejos, por lo que no perdimos tiempo y volvimos a recorrer el mismo camino que recorrimos el principio, pero con la diferencia de que esta vez nos fuimos por la derecha. Desde que atravesé la plaza del Ché, me estaba empezando a sentir rara...en el sentido de que se me revolvía el estómago, me sentía mareada, la nariz me picaba y todo el camino desde el paso hasta la plaza apestaba fuertemente a marihuana, por lo que estaba suponiendo que me estaba drogando pasivamente por solo oler el humo de la hierba, pero decidí quedarme callada para no molestar a mis compañeros, hasta que el cielo ya estaba oscuro por completo, y cuando estuvimos a punto de doblar la esquina a la izquierda, desde aquí empezó el verdadero problema y el clímax de este diario de campo.

Apenas sentí que mi lengua me empezaba a picar y arder cada vez más, aparte de la nariz y que los ojos me ardían más y más, inmediatamente supe que no se trataba del humo de la marihuana. Sebastián comenzó a sentirse igual que yo, y pronto también Juancho, y nos advirtió que se trataba ni más ni menos que gas lacrimógeno. Reaccioné al instante maldiciendo y tapándome la boca con la manga de mi sudadera, apretando el paso hasta que los tres trotamos por el andén, tratando de llegar más rápido al edificio, pero era inútil. A pesar de que el cielo no estaba cubierto de gas, éste de forma invisible llegó a todas nuestras fosas, y no solo nosotros tres, sino que el resto de los estudiantes también pasaban de lado cubriéndose la boca y trotando para cubrirse del gas. Pero nosotros estábamos en un grave aprieto ya que nos encontrábamos en medio del camino, con un larguísimo recorrido tanto hacia delante como para retroceder, entonces no tuvimos otra opción que seguir hacia delante, sufriendo cada vez más por el fuertísimo efecto del gas. Llegó un momento en el que me vi obligada a cerrar los ojos por completo, quedando a ciegas y sin poder abrirlos sin que me doliera tanto como si me estuvieran echando cada segundo gotas de ácido en los ojos. Juancho tomó mi mano y fui guiada por él a través del andén, mientras oía sus palabras de ánimo para no detenerse, y los fuertes quejidos de Sebastián al otro lado. Yo tampoco podía evitar quejarme y soltar sollozos del ardiente dolor que azotaba mi cara. Mi boca pasaba por exactamente lo mismo, como si estuviese tragando ácido, y me costaba incluso tragar, hasta que tenía que escupir al suelo y seguir avanzando a ciegas.

Si realmente no hubiese sido por Juancho, no sé qué me habría pasado. Tal vez me habría desplomado en el suelo sin poder ver ni hacer nada, pero menos mal tenía a mis compañeros conmigo. Caminamos por mucho tiempo más, y lentamente el efecto del gas fue pasando, muy lentamente, pero por lo menos logré abrir los ojos ligeramente para ver dónde estábamos. El edificio destino estaba cerca, pero lo que Juancho nos diría después me provocó ganas de golpearlo: “tenemos que devolvernos, la entrada está al otro lado!” dijo él. Es decir que hicimos todo ese tramo y sufrimos por absolutamente nada. Insultos de mi boca que no iban en serio salieron a flote, y a regañadientes nos vimos obligados a devolvernos por todo el larguísimo andén por el que vinimos para darle la vuelta a la cuadra. Él fue muy amable conmigo, y me prestó su gorro para que lo usara para taparme la cara, ya que volvía a sentir un poco de ardor en mis ojos. Sentía mi nariz moqueando y de por sí mi rostro entero me dolía, pero igualmente logramos devolvernos con rapidez y seguir el camino correcto esta vez. El cielo estaba oscuro y yo estaba desesperada por encontrar la estúpida estatua que su búsqueda me causó tanto sufrimiento, y tras subir unas escaleras, Juancho nos dejó a mí y a Sebastián en el edificio donde estaba el Eva para ir a buscar un amigo suyo de la Nacho que nos ayudaría con la salida.

Bajamos las escaleras al sótano y ahí nos encontramos por fin con la estatua del Eva 1. ¿Valió la pena? No del todo. La estatua era grande y sin duda se veía el esfuerzo en ella, pero ni siquiera estaba coloreada, y eso me dio una sensación de que vinimos y nos expusimos al gas por una estatua inacabada. Para aliviar el ardor me fui al baño y me lavé la cara, notando mis ojos y nariz bien rojos, y mientras llegaba Juancho, para descansar, me dispuse a ver qué sucedía en el sótano. Varios grupos de estudiantes ensayaban diferentes tipos de cosas, como danza de flamenco por unos, un ensayo de un numeroso equipo de porristas por el otro lado...no sabía que la Nacional tenía porristas siquiera, y me pareció curioso. Poco después, Juancho por fin bajó y para que la odisea de gas lacrimógeno no valiera la pena, nos tomamos una foto con el Eva.

Figura 10. Juancho, yo y el EVA 1. 

Juancho no solo bajó para encontrarnos y tomar la foto, sino que también vino para avisarnos de que su amigo Daniel ya iba en camino al edificio y que estaba cerca de ahí. Sabiendo que aún no estaba, caí en cuenta de que mis pies me dolían muchísimo por la enorme caminata que nos habíamos metido todo este tiempo, por lo que subimos de nuevo al primer piso y nos sentamos en los sofás del lobby para descansar un poco. Al sentarnos, de repente sonó por todo el edificio una alarma de emergencia, seguramente de evacuación. Miré alrededor y nadie tanto en la sala de espera como la gente que había afuera se mosqueó por la alarma, por lo que yo tampoco me moví de mi asiento hasta que Juancho nos avisó que Daniel ya había llegado.

Me levanté del sofá y salimos del edificio hasta solo la entrada para encontrarnos por fin con el tal aclamado Daniel, un amigo que estudiaba en la Nacional, aunque no recuerdo qué carrera. Nos presentamos brevemente y luego él comenzó a darnos contexto de la situación, mientras que por el otro lado, a lo lejos de nuestra perspectiva se veía la misma horda de manifestantes gritando y causando violencia, sin duda se habían movilizado hasta acá. La cuestión es que, al parecer en la Nacional, el rector se elige por medio de votaciones de los estudiantes, pero que este año, el que debió haber sido elegido no fue, sino que ganó otro señor aparentemente elegido por las directivas, sin tener en cuenta para absolutamente nada el voto de los muchachos, y eso mismo los enfureció y provocó la inminente protesta. A pesar de que la Nacional tiene fama por tener manifestaciones cada dos por tres, y por el hecho de que se proponía hacerle una reforma al bienestar universitario, al menos yo les dí la razón a ellos de tener derecho para protestar esta vez, ¿y recuerdan el póster de “en la Nacho no hay democracia”? Pues ahora tenía muchísimo más sentido.

Mientras bajábamos por las escaleras y nos propusimos a entrar de nuevo a la zona verde del campus, Daniel nos contaba a mí y a Sebastián que no nos preocupemos por las alarmas, que siempre andan sonando a cada rato y que prácticamente nadie les pone atención ahora que el tema de las manifestaciones y que entre el ESMAD a “controlar” la situación ya está normalizado como si fuera pan de cada día, y no pude evitar pensar en las mismas alarmas de desalojo de estudiantes de Estados Unidos cada vez que sucedía un tiroteo. Puede ser casi la misma situación, solo que distinto país...

Atravesamos el sendero un poco más, pero de repente una segunda alarma sonó por todo el lugar, y lo primero que vi frente mío aparte de oír por parte de Juancho y Daniel que el ESMAD se había entrado era una horda gigantesca de estudiantes corriendo a nuestra dirección, y no por nada, sino porque el equipo del ESMAD estaba justo detrás de ellos pisándole los talones, y vi cómo uno de hecho lanzó una bomba de gas cerca donde estaban corriendo unas muchachas. Ahí empecé a sentirme nerviosa por si esos hombres lograsen llegar hasta nosotros, pero muy para mi sorpresa, Juancho y Daniel se lo tomaron con la mayor calma del mundo y simplemente dijeron “pues ya no se pudo, mejor demos la vuelta y vámonos”. No podía creer la normalidad con la que estaban hablando y enseguida cambiaron de tema de conversación, como si solo se tratase de una vuelta con un tinto, y yo simplemente me limité a seguirlos junto con Sebastián hacia el norte, alejándonos del disturbio y la multitud, aunque igualmente decenas de estudiantes caminaban detrás nuestro, ya que aparte de haber dado las 7pm, una segunda alarma les indicó a todos que ya era hora definitivamente de evacuar.

Después de sacar la última foto de la salida de campo, nos dispusimos a retirarnos de la universidad junto con la multitud detrás. Yo no hablé mucho durante el recorrido, ya que aún estaba procesando todo lo que había pasado y encima que todavía tenía un constante pero ligero ardor en los ojos, de seguro era un efecto secundario del gas. El camino fue largo, y me seguían doliendo los pies, y ya que había sido toda una odisea, decidí llamar a mi mamá para que me recogiera en Centro Chía, ya estaba demasiado cansada como para tomar un bus a Zipaquirá. Por fortuna salimos sin problema y además un amigo adicional de Juancho y Daniel nos acompañó, también muy amable y hasta me sorprendió que ellos dos estuvieron de acuerdo que esta protesta estuvo muchísimo más fuerte que las anteriores y que no habían visto algo así en mucho tiempo.

La ruta que había contratado Sebastián ya estaba ahí esperándonos, por lo que nos subimos todos y tomamos rumbo al norte de Bogotá, tanto para dejar a los amigos de Juancho en el Portal Norte como para que él y yo nos bajásemos y su madre nos recogiera para llevarme a Centro Chía.

El título de esta salida de campo la fui pensando a medida que recorría la universidad, porque realmente sentí todo el tiempo que estaba recorriendo una clase de distopia, donde entra todo tipo de gente a la cual no hay que sesgar bajo ningún motivo, donde se toman todo tipo de libertades, desde grafitear cada pared, quemar, consumir y vender marihuana, sufrir constantes bombardeos de gas lacrimógeno por parte del ESMAD y la policía, ser testigo de manifestaciones de estudiantes enfurecidos por la violación a sus derechos, negocios por doquier y un campus el doble de grande que la Sabana. Vivo en un mundo completamente diferente al cual se vive en la Nacional, y puede que para muchos ese ambiente sea lo más normal del mundo, pero para mí, que jamás me había atrevido a hacer algo así ni a explorar a profundidad esta clase de instalaciones, lo sentí como una experiencia única, enriquecedora al aprender y ver cómo vive la gente dentro de la Nacional, y que sin duda jamás olvidaré.

Figura 11. Iniciando el recorrido

PD: Sobreviví a una gaseada.

No hay comentarios:

Publicar un comentario