Nota:
recomiendo leer este diario de campo con el siguiente enlace para ambientar la
experiencia: https://youtu.be/BUF6HAwyctg?si=uGjY52TM8L5ajK2s
Iniciamos nuestro viaje a la Universidad
Nacional el pasado jueves 21 de marzo, yo con mi amigo Juan Felipe, a quien le
digo siempre Juancho, y Juan Sebastián, un compañero que también forma parte de
nuestro equipo de la clase de cultura audiovisual. La verdad, no tenía planeado
hacer una odisea por la Nacional, y mucho menos como me lo vendía Juancho, como
un bazar nocturno donde hay muchísima actividad, se reúnen tribus urbanas y de
seguro habría mucho alcohol y drogas de por medio. Me imaginaba la ida a horas
muy tardes de la noche, como por ahí de 10pm en adelante, y pensé “no, qué peligro
ir hasta allá a Bogotá a esa hora, de seguro nos atracan”, pero en cuanto me
dijeron que sería de 5:30pm hasta las 7 de la noche, me tranquilicé mucho más y
ya que todas nuestras opciones previas (mezquitas y seminarios) habían sido totalmente
descartadas, me opté por aceptar la ida a la Nacional, por lo que tuve que
ausentarme una clase entera para ir a Bogotá.
Por suerte, Juan Sebastián había
reservado una ruta privada para nosotros, por lo que fuimos recogidos en el
sótano de Adportas y tomamos rumbo a la capital. Primero hicimos una parada en
la casa de Sebastián para que él recogiera su cámara, y de paso tuvimos una
conversación con su padre, todo fue bastante amistoso y ellos muy cordiales en
prestarnos un secador para secar más rápido mi sudadera, la cual se había
mojado por el aguacero. Tenía miedo de que la lluvia arruinara por completo
nuestra ida a la Nacional, pero afortunadamente dejó de llover mientras
estábamos en la casa, por lo que cuando estuvimos todos listos, ahora sí
partimos a la universidad.
Fue otro camino largo, pero era de
esperar de Bogotá a esa hora, y en cuanto llegamos a la entrada donde se
encontraba la estación del Transmilenio, nos bajamos y comenzamos nuestro
viaje. Lo primero que debo comentar es sobre la nula seguridad que hay en
aquella entrada de la universidad. Creí que al menos los celadores nos pedirían
la cédula para identificarnos, pero ni siquiera eso, la puerta estaba abierta, entraba
y salía gente como si estuvieran en su casa, y nosotros entramos como si
fuéramos estudiantes. Los celadores estaban a cada lado de las puertas,
charlando entre ellos, no les importaba que estudiantes que no fueran de la
Nacional hayan entrado así como así, pero yo simplemente me limité a
observarlos unos segundos de reojo y seguimos hacia delante. Se me hace
interesante comparándolo con nuestra universidad, la cual tiene normas muy
regidas para la entrada y salida, con los códigos QR de la aplicación, las
talanqueras, y sobre que los invitados necesitan un código especial para entrar
si no van en algún automóvil, y en cambio en la Nacional...cualquiera entra y
sale sin repercusión alguna.
Continuando con la caminata por el
sendero principal que llevaba a una de las plazas más grandes de la
universidad, nos encontramos con diversas carpas de negocios de los
estudiantes. El primero que vi era de uno de manualidades hechas de crochet, me
llamó la atención uno muy bonito de un Totoro; luego vimos otro stand de
plantas, cactus y suculentas, y más tarde vimos uno más de comida de paquetes y
cosas más pequeñas, y esta no sería la primera vez que vería una tienda de
estas en toda la universidad. Desde el primer momento, nos encontramos con
gente de atuendos y peinados extravagantes, como uno con un poncho morado y un
sombrero de paja, y otra mujer de pelo tinturado de naranja peinado de tal
estilo para que dos cuernitos le sobresaliesen de la cabeza. Y además, vi una
mujer yendo en dirección contraria cargando a su bebé en brazos. La verdad era
la primera vez que había visto algo así, una chica que seguro entraba a clases
con la bebé en su pecho, y solo pensé en lo difícil que debe de ser el estudio
combinada con la maternidad para mujeres como ella. Continuamos nuestro camino
hasta llegar finalmente a la plaza del Ché Guevara.

Figura 1. Plaza del Ché
Parecía
ser tan grande como la plaza de un pequeño pueblo y me sorprendí bastante al
ver demasiadas cosas al mismo tiempo. En primera instancia, la pintura del Ché
en el puro blanco rodeado de manchas de pintura roja. El origen de esa pintura
en la plaza más grande del campus, según un artículo adicional que leí para
entrar mejor en contexto, escrito por Sebastián Serrano (2016), se dice que la
aparición de aquel grafiti en la universidad es todo un misterio, pero que más
o menos se pudo relacionar con la protesta de 1976 de la Nacional,
protagonizada por los estudiantes, quienes decapitaron la estatua de Santander
y pintaron la imagen del Ché en el León de Greiff. Según eso y lo que entendí
de una breve explicación de Sebastián, mi compañero, es que el Ché en la
Nacional simboliza la revolución y libertad, tal como ocurrió en la revolución
cubana hace ya varias décadas.
Puesto
que hace unas horas cayó un gran diluvio, había pocas carpas en la plaza,
mayormente de comida casera, y nos acercamos a una que vendía empanadas y
arepas rellenas. Yo no tenía apetito de nada de ahí, pero de todos modos
Juancho compró una arepa y me ofreció varios bocados a lo largo del camino.
Después de esa pequeña compra, comenzamos el recorrido. Nos dirigimos primero
al norte hacia la facultad de artes, el cual era un edificio al parecer de los
antiguos, de color blanco, y me atrevería a decir que es el edificio más grafitado
de lo que vi del campus. Lleno de dibujos, pero sobre todo de mensajes, dejaba
en claro el espíritu de los estudiantes en expresarse a como daba lugar, cada
mensaje de diferente color. Algunos ejemplos de lo que había escrito era “sin
mujeres no hay arte” o la palabra “democracia” tapada por un dibujo de un gato.
A la entrada había un grupo de estudiantes, conversando y conviviendo entre
ellos, por lo que continuamos mucho más allá.

Figura 2. Facultad de Artes
Después
de pasar el edificio principal de la facultad de artes, seguimos caminando para
ver aún más edificaciones, y hubo un detalle que realmente me llamó la atención
y es el fuerte contraste entre los murales que encontrábamos en las paredes, y
el edificio contrario estaba lleno de grafitis. Podría ser la gran diferencia
entre las expresividades de los estudiantes, y el mural de los indígenas me da
la impresión de que fue hecho por un encargo, mientras que los de los grafitis
tuvieron la libertad total para hacerlo como quisieran, como si fuera una clase
de burla al orden que se intenta manifestar en la universidad.
Figura 4. Pared llena de grafitis
Tras
seguir la misma pared del edificio del mural de los indígenas, aparecieron poco
después más grafitis y especialmente posters y mensajes sobre las votaciones de
la universidad. Hubo uno en específico que dictaba “En la nacho, no hay
democracia”. Al principio no entendí muy bien a qué se refería, si acaso la
Nacional tenía problemas en ese ambiente, ya que de por sí no estoy enterada
del porqué siempre protestaban ahí dentro, pero después de lo que pasó mucho
más tarde, recuerden el mensaje de ese póster, porque tendrá vital importancia
dentro de lo que sucederá. Luego de pasar a una zona más abierta, y estábamos
al pie del edificio del Departamento de Química, antes de entrar me llamó la
atención que vi otra de las muchas carpas, las cuales normalmente exponían
cosas para poner a la venta, pero esta vez la carpa estaba vacía, y sobre la
mesa yacían un par de estudiantes dentro de un grupo más grande, conversando y
riendo entre ellos, y una de las muchachas rubias que vi, tomaba una larga
botella de alcohol, no sabía si se trataba de vino, whiskey, ron, vodka, o algo
más, pero la botella era de color naranja, y dentro del contexto del que vi, seguramente se trataba de alcohol. El punto es
que ella estaba tomando con una energía, como si estuviese bebiendo una botella
de agua, y el que jamás en mi vida en la Sabana he visto a alguien tomando en
esas cantidades y con tanta normalidad.
Juancho
nos llevó adentro del Departamento de Química, y por hacer el chiste nos dijo
que se trataba de Chernóbil, por lo antiguo que lucía y realmente al entrar,
con las paredes blancas, el suelo gris y las iluminaciones frías, no solo lo
llamaban así por la apariencia, sino también porque llegaba a transmitir una
vibra muy parecida a un lugar como Chernóbil. Recorrimos en silencio el pasillo
que atravesaba todos los laboratorios y salones de clase del primer piso, y de
paso vi a la izquierda la zona de ping pong, la cual para mi sorpresa tenía
solamente una mesa, ya que, según lo que me contó Juancho, las otras dos las
habían destruido los estudiantes. Recorrer el pasillo me dio una sensación de
estar dentro de una película de terror, ya que aparte de tener solo las luces
de arriba, era increíblemente largo, demasiado diría yo. Sin bifurcaciones como
Adportas, sin escaleras, solo tocaba ir para delante mientras pasábamos los
salones. Sabía que nada malo iba a pasarnos, pero no me sentí del todo bien
ahí, por lo que apreté el paso para alcanzar a Juancho y salimos del edificio
por la salida de la izquierda. Al volver al exterior, nos topamos por
casualidad con un grupo de muchachos que, con música reproduciendo en bafles,
estaban pintando una de las paredes del edificio. Puesto que no queríamos
causar problemas con tomarles una foto directamente, la siguiente foto, la cual
se tomó para enfocar los logos del Departamento, se puede ver ligeramente a uno
de los muchachos que grafiteaban la pared contraria.

Figura 5. Logos del departamento de Química
Seguimos caminando hasta encontrarnos con
un edificio de los nuevos que construyeron en los últimos años, el de ciencia y
tecnología, el cual estaba “decorado” de manchas de pintura verde, por lo que
inmediatamente deduje que se trataba de alguna manifestación pasada de grupos
feministas de la universidad. En el patio de aquel edificio había actividad de
unos muchachos jugando al basquetbol, y en el primer piso encontré más
estudiantes igualmente sentados en el piso pasando el rato o descansando. Era
una escena bastante tranquila, hasta que Juancho vino con la noticia que, desde
el último piso, alguien se había tirado. Por desgracia no había muerto, y por
eso no pude imaginarme el indescriptible dolor que debió haber sentido ese
chico al caer como una plasta al suelo solo por haber querido suicidarse. Esa
historia me dio un mal sabor de boca y continuamos por el camino.
Figura 6. Edificio de Ciencia y Tecnología
Las
calles de la Nacional parecían como si fueran de la misma Bogotá, se extendían
al norte, oriente y occidente hasta perderlas de vista, y me sorprendí cuando
nos topamos con el criadero de bovinos del campus. Juancho nos contó que era
para los estudiantes de veterinaria, pero de todos modos jamás me había
esperado que una universidad fuese tan grande, y además que pudiera retener ahí
un ganado entero de vacas pastando tranquilamente como si estuvieran en un
campo cualquiera. Poco después del ganado, yacía el colegio de la Nacional. ¡Quién
lo diría! Una universidad y un colegio en el mismo campus, realmente para mí
era de no creerse lo monstruosamente grande que era ese lugar y los miles de
administraciones que tenía como para dirigir la educación superior y la básica
primaria al mismo tiempo. Mientras caminábamos cada vez más, me puse a creer
que nuestro campus de la Sabana podría ser fácilmente un cuarto de lo que era
la Nacional, y noté un fuerte contraste entre los edificios viejos con los
nuevos, uno a cada lado de la calle, como si estuviesen separados por algo más
que un espacio.
La
arquitectura de los nuevos edificios era única, yendo principalmente de forma vertical,
pero innovando con nuevas figuras de composición, como cilindros y formas asimétricas,
incluso al ver un edifico así en la lejanía, por unos segundos creí que estaba
a punto de desplomarse. No pude evitar ver esta diferencia entre el edificio
nuevo de enfermería con el de veterinaria si mal no recuerdo. Éste en vez de ir
verticalmente, se extendía horizontalmente y era muy ancho, fácilmente cubría
entero una manzana, y además pudimos ver cómo en ese preciso momento estaban desparasitando
a una cabra gris. Siguiendo por el camino, nos encontramos con varios grupos de
estudiantes con atuendos y peinados realmente “extravagantes”, tinturados de
múltiples colores, como lo fueron el rosado y el verde, y vestían atuendos que
me recordó mucho al estilo punk, pero a diferencia de nosotros, ellos iban en
sentido contrario. Nuestro plan original era ver la facultad de Derecho, pero
un infortunio nos llegó de repente.
No
pudimos seguir avanzando ya que la calle estaba cerrada con cintas amarillas, y
un par de policías vigilaban la zona para que ninguno pasase. Nos acercamos
hasta un cruce, poco antes de llegar a las cintas, y logré notar más al fondo
cómo había mucha más gente y policías enfrentados, aparte vi una nube enorme de
humo blanco alzándose en el aire, e inmediatamente pensé que se trataban de
bombas de gas, por lo que con Juancho y Sebastián doblamos a la izquierda.
Juancho nos avisó tener mucho cuidado en esta plaza, ya que desde ese lugar las
cosas estarían un poco más pesadas de lo normal y que, según él, ahí hacían
quemas de marihuana. Uno de los edificios que rodeaban esa pequeña plaza estaba
llena, pero llena de gente a más no poder, a tal punto que no solo se sentaban
en el piso, sino también en las escaleras de cemento y barandillas. La zona
verde también estaba rebosante de actividad: un grupo de chicos ponía música a
todo volumen mientras hacían maromas sobre una cuerda atada a dos árboles,
había una carpa en medio del parque con gente adentro, una estatua cubierta de
grafitis hasta perder casi por completo su color, y mucho más en el fondo,
había un enorme grupo de chicos pasándola bien y encendiendo una fogata. No
sabría decir si quemaban leña o la actual hierba, pero debo comentar que, desde
ese tramo, el fuerte olor a marihuana inundó mis fosas nasales. Ya había olido
esta droga antes, en varios lugares que visité en mis vacaciones de años
pasados, pero esta vez lo sentí como nunca.

Figura 7. Parque
Figura 8. Otro lado del parque
Después
de pasar aquel parque y ver la fogata, nos vimos interrumpidos de repente por
explosiones de bombas de gas que estallaban a metros de nosotros. Nos volteamos
hacia la derecha y vimos que, a lo lejos de un camino entre los árboles, se
encontraba una creciente horda de estudiantes que creaban una barricada humana
frente a los policías. Los muchachos gritaban enfurecidos y agitaban banderas.
Obviamente se trataba de una protesta, una muy fuerte. En ese entonces no sabía
por qué protestaban, pero más tarde me enteraría de la razón. Mi espíritu
curioso quería acercarse más, pero sabía que no era seguro estar cerca de la
protesta, por lo que me mantuve a una prudente distancia junto a Juancho y
Sebastián. Notaba como cada vez más muchachos se unían a la manifestación, y
delante de la multitud, ¡bum! Más bombas estallaron junto a nubes de gas blanco
e incluso alcancé a ver cómo una llama de fuego se alzó como un demonio, y me
impresioné. No llegué a sentirme asustada en ningún momento, pero me dejó muy
sorprendida toda la protesta, pero poco después de tomar un par de fotos,
Juancho nos sacó de ahí y seguimos por un estrecho paso. (Para ese entonces ya
estaba empezando a oscurecer).

Figura 9. Inicio de las protestas
En
ese paso había mucha actividad también, desde personas con el pelo larguísimo a
punta de rastas jalando carritos de madera, a otros muchos más que corrían su
negocio de chucherías y comida empaquetada, tal como habíamos visto ya muchas
veces en el día. Pero lo que me llamó la atención esta vez era que detrás de un
negocio de paquetes de papitas y dulces, en unas mesas debajo del edificio
yacían dos grupos de muchachos, con apariencia como si fueran pandilleros
nocturnos, de esos que me robarían si estuviese sola, jugando ajedrez.
Ajedrez...Qué curiosa combinación y qué buen contraste. Siempre hemos tenido
grabada la imagen en la cabeza que la gente que jugaba a ese juego era gente que
vestía elegante, gente refinada, gente con apariencia “inteligente”, y aun así,
ahí estaban dos grupos de chicos con la ropa más callejera y casual que pude
haber visto, jugando entre ellos ajedrez con toda la seriedad del mundo. En los
dos grupos, los dos jugadores tenían la vista clavada en el tablero y los demás
se limitaban a observar expectantes. Más que ponerle atención a Juancho sobre
qué estaba comprando en la tienda, me enfoqué en las dos partidas simultáneas
que ambos equipos llevaban a cabo.
Me
vi la mayor parte del tiempo del recorrido en una constante comparación de
mundos, entre la Nacional y la Sabana. No solamente porque una es pública y la
otra privada, sino por la enorme diferencia de ambientes, normas sociales, las
actividades, el espacio, y cómo es el día a día en cada campus. Por ejemplo,
aparte de los grafitis, las carpas de negocios y el evidente alcohol sin
regulación, noté cómo en ninguna parte del campus que recorrí había sillas ni
mesas para sentarse en los espacios abiertos. En la plaza del Ché, afuera de
los edificios, en las escaleras de cada facultad, había hordas y hordas de
estudiantes sentados en el suelo ya que el espacio carecía de silla alguna. Y ni
siquiera en el pasto nadie se sentaba, a diferencia de la Sabana, que hay
varios estudiantes que se sientan y acuestan en el pasto, en la Nacional hacían
uso de las escaleras o de una vez en el suelo, lo que me resultó bastante
chocante. Más que una de las mejores universidades de Colombia, posicionada en
el puesto 7 del ranking de 2024 en El Tiempo, me daba la impresión de estar
caminando en una ciudad dentro de la ciudad de Bogotá. No sentí la Nacional
como una universidad, se sintió extraño todo el tiempo...pero sé que la gente
que entra aquí es extremadamente inteligente, ya que el examen de admisión de
la Nacional es increíblemente difícil y muy pocos llegan a ser admitidos, por
lo que, viendo esas personas que parecen pandilleros de calle nocturnos jugando
muy seriamente ajedrez, me hizo reflexionar y caer en las enseñanzas de no
sesgar a las personas por cómo lucen, ya que puedes terminar llevándote una
gran sorpresa.
Cuando
salimos de ese paso lleno de negocios, me sorprendí al verme de nuevo en la
plaza del Ché. Habíamos dado una vuelta entera y regresado al mismo punto de
partida. Juancho entonces nos quiso mostrar una estatua del personaje del EVA 1
del anime Neon Genesis Evangelion, que estaba en un edificio de artes que
quedaba un poco más lejos, por lo que no perdimos tiempo y volvimos a recorrer
el mismo camino que recorrimos el principio, pero con la diferencia de que esta
vez nos fuimos por la derecha. Desde que atravesé la plaza del Ché, me estaba
empezando a sentir rara...en el sentido de que se me revolvía el estómago, me
sentía mareada, la nariz me picaba y todo el camino desde el paso hasta la
plaza apestaba fuertemente a marihuana, por lo que estaba suponiendo que me
estaba drogando pasivamente por solo oler el humo de la hierba, pero decidí
quedarme callada para no molestar a mis compañeros, hasta que el cielo ya
estaba oscuro por completo, y cuando estuvimos a punto de doblar la esquina a
la izquierda, desde aquí empezó el verdadero problema y el clímax de este
diario de campo.
Apenas
sentí que mi lengua me empezaba a picar y arder cada vez más, aparte de la
nariz y que los ojos me ardían más y más, inmediatamente supe que no se trataba
del humo de la marihuana. Sebastián comenzó a sentirse igual que yo, y pronto
también Juancho, y nos advirtió que se trataba ni más ni menos que gas lacrimógeno.
Reaccioné al instante maldiciendo y tapándome la boca con la manga de mi
sudadera, apretando el paso hasta que los tres trotamos por el andén, tratando
de llegar más rápido al edificio, pero era inútil. A pesar de que el cielo no
estaba cubierto de gas, éste de forma invisible llegó a todas nuestras fosas, y
no solo nosotros tres, sino que el resto de los estudiantes también pasaban de
lado cubriéndose la boca y trotando para cubrirse del gas. Pero nosotros
estábamos en un grave aprieto ya que nos encontrábamos en medio del camino, con
un larguísimo recorrido tanto hacia delante como para retroceder, entonces no
tuvimos otra opción que seguir hacia delante, sufriendo cada vez más por el
fuertísimo efecto del gas. Llegó un momento en el que me vi obligada a cerrar
los ojos por completo, quedando a ciegas y sin poder abrirlos sin que me
doliera tanto como si me estuvieran echando cada segundo gotas de ácido en los
ojos. Juancho tomó mi mano y fui guiada por él a través del andén, mientras oía
sus palabras de ánimo para no detenerse, y los fuertes quejidos de Sebastián al
otro lado. Yo tampoco podía evitar quejarme y soltar sollozos del ardiente
dolor que azotaba mi cara. Mi boca pasaba por exactamente lo mismo, como si
estuviese tragando ácido, y me costaba incluso tragar, hasta que tenía que
escupir al suelo y seguir avanzando a ciegas.
Si
realmente no hubiese sido por Juancho, no sé qué me habría pasado. Tal vez me
habría desplomado en el suelo sin poder ver ni hacer nada, pero menos mal tenía
a mis compañeros conmigo. Caminamos por mucho tiempo más, y lentamente el
efecto del gas fue pasando, muy lentamente, pero por lo menos logré abrir los
ojos ligeramente para ver dónde estábamos. El edificio destino estaba cerca,
pero lo que Juancho nos diría después me provocó ganas de golpearlo: “tenemos
que devolvernos, la entrada está al otro lado!” dijo él. Es decir que hicimos
todo ese tramo y sufrimos por absolutamente nada. Insultos de mi boca que no
iban en serio salieron a flote, y a regañadientes nos vimos obligados a
devolvernos por todo el larguísimo andén por el que vinimos para darle la
vuelta a la cuadra. Él fue muy amable conmigo, y me prestó su gorro para que lo
usara para taparme la cara, ya que volvía a sentir un poco de ardor en mis
ojos. Sentía mi nariz moqueando y de por sí mi rostro entero me dolía, pero
igualmente logramos devolvernos con rapidez y seguir el camino correcto esta
vez. El cielo estaba oscuro y yo estaba desesperada por encontrar la estúpida
estatua que su búsqueda me causó tanto sufrimiento, y tras subir unas
escaleras, Juancho nos dejó a mí y a Sebastián en el edificio donde estaba el
Eva para ir a buscar un amigo suyo de la Nacho que nos ayudaría con la salida.
Bajamos
las escaleras al sótano y ahí nos encontramos por fin con la estatua del Eva 1.
¿Valió la pena? No del todo. La estatua era grande y sin duda se veía el
esfuerzo en ella, pero ni siquiera estaba coloreada, y eso me dio una sensación
de que vinimos y nos expusimos al gas por una estatua inacabada. Para aliviar
el ardor me fui al baño y me lavé la cara, notando mis ojos y nariz bien rojos,
y mientras llegaba Juancho, para descansar, me dispuse a ver qué sucedía en el
sótano. Varios grupos de estudiantes ensayaban diferentes tipos de cosas, como
danza de flamenco por unos, un ensayo de un numeroso equipo de porristas por el
otro lado...no sabía que la Nacional tenía porristas siquiera, y me pareció
curioso. Poco después, Juancho por fin bajó y para que la odisea de gas
lacrimógeno no valiera la pena, nos tomamos una foto con el Eva.
Figura 10. Juancho, yo y el EVA 1.
Juancho
no solo bajó para encontrarnos y tomar la foto, sino que también vino para
avisarnos de que su amigo Daniel ya iba en camino al edificio y que estaba
cerca de ahí. Sabiendo que aún no estaba, caí en cuenta de que mis pies me
dolían muchísimo por la enorme caminata que nos habíamos metido todo este
tiempo, por lo que subimos de nuevo al primer piso y nos sentamos en los sofás
del lobby para descansar un poco. Al sentarnos, de repente sonó por todo el
edificio una alarma de emergencia, seguramente de evacuación. Miré alrededor y
nadie tanto en la sala de espera como la gente que había afuera se mosqueó por
la alarma, por lo que yo tampoco me moví de mi asiento hasta que Juancho nos avisó
que Daniel ya había llegado.
Me
levanté del sofá y salimos del edificio hasta solo la entrada para encontrarnos
por fin con el tal aclamado Daniel, un amigo que estudiaba en la Nacional,
aunque no recuerdo qué carrera. Nos presentamos brevemente y luego él comenzó a
darnos contexto de la situación, mientras que por el otro lado, a lo lejos de
nuestra perspectiva se veía la misma horda de manifestantes gritando y causando
violencia, sin duda se habían movilizado hasta acá. La cuestión es que, al
parecer en la Nacional, el rector se elige por medio de votaciones de los
estudiantes, pero que este año, el que debió haber sido elegido no fue, sino
que ganó otro señor aparentemente elegido por las directivas, sin tener en
cuenta para absolutamente nada el voto de los muchachos, y eso mismo los
enfureció y provocó la inminente protesta. A pesar de que la Nacional tiene
fama por tener manifestaciones cada dos por tres, y por el hecho de que se
proponía hacerle una reforma al bienestar universitario, al menos yo les dí la
razón a ellos de tener derecho para protestar esta vez, ¿y recuerdan el póster
de “en la Nacho no hay democracia”? Pues ahora tenía muchísimo más sentido.
Mientras
bajábamos por las escaleras y nos propusimos a entrar de nuevo a la zona verde
del campus, Daniel nos contaba a mí y a Sebastián que no nos preocupemos por
las alarmas, que siempre andan sonando a cada rato y que prácticamente nadie
les pone atención ahora que el tema de las manifestaciones y que entre el ESMAD
a “controlar” la situación ya está normalizado como si fuera pan de cada día, y
no pude evitar pensar en las mismas alarmas de desalojo de estudiantes de
Estados Unidos cada vez que sucedía un tiroteo. Puede ser casi la misma
situación, solo que distinto país...
Atravesamos
el sendero un poco más, pero de repente una segunda alarma sonó por todo el
lugar, y lo primero que vi frente mío aparte de oír por parte de Juancho y
Daniel que el ESMAD se había entrado era una horda gigantesca de estudiantes
corriendo a nuestra dirección, y no por nada, sino porque el equipo del ESMAD
estaba justo detrás de ellos pisándole los talones, y vi cómo uno de hecho
lanzó una bomba de gas cerca donde estaban corriendo unas muchachas. Ahí empecé
a sentirme nerviosa por si esos hombres lograsen llegar hasta nosotros, pero
muy para mi sorpresa, Juancho y Daniel se lo tomaron con la mayor calma del
mundo y simplemente dijeron “pues ya no se pudo, mejor demos la vuelta y
vámonos”. No podía creer la normalidad con la que estaban hablando y enseguida
cambiaron de tema de conversación, como si solo se tratase de una vuelta con un
tinto, y yo simplemente me limité a seguirlos junto con Sebastián hacia el
norte, alejándonos del disturbio y la multitud, aunque igualmente decenas de
estudiantes caminaban detrás nuestro, ya que aparte de haber dado las 7pm, una
segunda alarma les indicó a todos que ya era hora definitivamente de evacuar.
Después
de sacar la última foto de la salida de campo, nos dispusimos a retirarnos de
la universidad junto con la multitud detrás. Yo no hablé mucho durante el
recorrido, ya que aún estaba procesando todo lo que había pasado y encima que
todavía tenía un constante pero ligero ardor en los ojos, de seguro era un
efecto secundario del gas. El camino fue largo, y me seguían doliendo los pies,
y ya que había sido toda una odisea, decidí llamar a mi mamá para que me
recogiera en Centro Chía, ya estaba demasiado cansada como para tomar un bus a
Zipaquirá. Por fortuna salimos sin problema y además un amigo adicional de
Juancho y Daniel nos acompañó, también muy amable y hasta me sorprendió que
ellos dos estuvieron de acuerdo que esta protesta estuvo muchísimo más fuerte
que las anteriores y que no habían visto algo así en mucho tiempo.
La
ruta que había contratado Sebastián ya estaba ahí esperándonos, por lo que nos
subimos todos y tomamos rumbo al norte de Bogotá, tanto para dejar a los amigos
de Juancho en el Portal Norte como para que él y yo nos bajásemos y su madre
nos recogiera para llevarme a Centro Chía.
El
título de esta salida de campo la fui pensando a medida que recorría la
universidad, porque realmente sentí todo el tiempo que estaba recorriendo una
clase de distopia, donde entra todo tipo de gente a la cual no hay que sesgar
bajo ningún motivo, donde se toman todo tipo de libertades, desde grafitear
cada pared, quemar, consumir y vender marihuana, sufrir constantes bombardeos
de gas lacrimógeno por parte del ESMAD y la policía, ser testigo de
manifestaciones de estudiantes enfurecidos por la violación a sus derechos,
negocios por doquier y un campus el doble de grande que la Sabana. Vivo en un
mundo completamente diferente al cual se vive en la Nacional, y puede que para
muchos ese ambiente sea lo más normal del mundo, pero para mí, que jamás me
había atrevido a hacer algo así ni a explorar a profundidad esta clase de
instalaciones, lo sentí como una experiencia única, enriquecedora al aprender y
ver cómo vive la gente dentro de la Nacional, y que sin duda jamás olvidaré.

Figura 11. Iniciando el recorrido
PD:
Sobreviví a una gaseada.